En la reciente publicación del Índice de Desarrollo Humano (IDH) por PNUD en 2009, Cuba ocupa el lugar 51, con un nivel correspondiente al grupo de desarrollo humano alto, una expectativa de vida promedio de 78.5 años, alfabetización del 99.8% y un producto bruto per cápita de 6,876 (USS) entre otros. Estos resultados, indudablemente parecerían reflejar un razonable nivel de bienestar. Cuba se encuentra entre un grupo de países que incluye: Argentina, Uruguay, Bahamas. México y Costa Rica con IDH semejantes.
No obstante, el caso Cuba es una absoluta distorsión del significado de las mediciones utilizadas para evaluar el nivel de desarrollo de un país.
Es sabido que el salario promedio de un cubano no pasa de US$300 al año, que la llamada canasta básica de alimentos no alcanza para más de 10 días y el acceso a otros productos es limitado. La alimentación de los cubanos es deficiente en numerosos nutrientes y absorbe el 80% de los ingresos de una familia.
Las altas tasas de escolarización y el elevado número de ingenieros, médicos y técnicos no dan por resultado un aumento de la producción de bienes materiales y, consecuentemente, del bienestar material de los ciudadanos. Hoy Cuba tiene una economía subdesarrollada, una industria insuficiente y obsoleta, incapaz de proveer los productos básicos, y una agricultura precaria, incapaz de alimentar a su población.
En el plano individual, la mayor instrucción no da acceso a un trabajo cuya remuneración permita una vida digna y honrada, el profesional cubano está obligado a buscar ingresos extras por vías legales, semi legales o francamente ilegales.
La aberración del sistema se expresa en que puedes ser ingeniero, tener una expectativa de vida de 78.5 años y vivir en una casa semi destruída, sin agua corriente y convivir con tres generaciones y 10 personas en dos habitaciones.
De qué desarrollo humano hablamos, si no dispones de un trasporte público medianamente eficaz, las calles están destruidas, los desechos se acumulan en los solares y calles, los centros de salud están en mal estado y la comida es el “dolor de cabeza” de cada día.
Adicionalmente, hay que considerar el precio: el tremendo esfuerzo y sacrificio de todo un pueblo durante 50 años para alcanzar lo que otros han alcanzado sin haber sacrificado tres generaciones de ciudadanos en numerosas “batallas”, “combates” y “luchas”, que supuestamente nos llevarían a alcanzar las más altas cotas de bienestar y libertad, y que han quedado en nada.
El gobierno cubano dirige sus esfuerzos hacia determinados índices utilizados internacionalmente que le permitirán alcanzar una imagen positiva en ciertos estudios comparativos, no siendo ello resultado de un desarrollo armónico en el que estos indicadores vayan asociados a otros no evaluados que contribuyen a perfilar el verdadero bienestar colectivo.
Sólo un índice delata la realidad cubana, la tasa de migración es del 8.9 %, un tiste indicador del nivel de frustración nacional y voluntad de reemprender la vida en otras latitudes.



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