«El peor enemigo de la verdad es el mito.Para los cubanos, “vivir del cuento” no es lo mismo que “vivir de un mito”. El cuento, jaranero y risible, irónico y placentero, arranca la carcajada hasta en los peores instantes de nuestras vidas. Siempre recuerdo aquel antológico dicharacho cubano, que describiendonos, aseguraba que nos «reíamos de nuestra desgracias y llorábamos nuestras alegrías» conciente de que los cubanos hacen de la mofa su mejor arma en los peores momentos y sublimizan las alegrías por el puro placer de disfrutarlas.
Vivir del cuento, es como hacer un recorrido por nuestra existencia, burlándonos de nuestros propios dolores, caricaturizando los peores y mejores instantes de nuestras rutinas. Es una suerte de cronología popular, que esconde detrás de la burla y la carcajada, toda una filosofía del barrio, de las calles y del polvo de la tierra.
Para el cubano, el mito es diferente. Es dolor, es aferramiento, es angustia, es nostalgia. Los mitos que nos han tocado, los de la vida, están agudamente enterrados en nuestras almas y más, enquistados violentamente en nuestras conciencias. Y me refiero a esos mitos que sacuden nuestra vida en cada minuto y que nos resultan imposibles de desprender, a pesar de las marcas. Somos susceptibles a idealizar y fabricarnos íconos, incluso, cuando la vida nos advierte que pueden venir malos tiempos. Pero esas idealizaciones son parte de nuestra tozudez, heredada de quién sabe y en qué tiempo.
De Fidel Castro y sus barbudos hicimos un mito del que no nos desprendemos, ni siquiera en las postrimerías de una vida que niega apagarse, a pesar de las súplicas de sus enemigos. De la Revolución Cubana también se hizo un mito, y a la distancia de medio siglo sigue recorriendo las montañas de Los Andes, las selvas africanas, las universidades europeas y los desiertos árabes, sin que la democracia real se siente a tomar el aire al lado de la bandera de la estrella solitaria. Un mito hicimos de la diáspora cubana, indoblegable e intransigente a pesar de los años y los embates del tiempo. Un mito hemos hecho de nuestro calvario, que se dibuja en miles de cruces sin nombre que yacen más abajo de la piel de cada uno de nosotros.
Pero el peor de todos, ha sido el mito de «nuestra verdad», la indiscutible, la absoluta, la única. La que suponemos tiene más fuerza que la del contrario y que nos impide ver más allá de nuestras narices. Todos, sin distinciones, suponemos tener la verdad de nuestras desgracias. Todos, sin excepciones, aseguramos tajantemente que el oponente está completamente equivocado, sin pensar que todo podría resumirse en un simple «no estoy de acuerdo». Y no nos tomamos el minuto de la duda, de la discusión, del debate, como fórmula segura para conseguir la verdad de todos.
La confrontación que sufre el pueblo cubano por medio siglo, está basada fundamentalmente por la defensa a ultranza de sus propios mitos. Los de unos y los de otros. Y han triunfado los más fuertes, los que dominan y aplastan. Un mito que está llamado a sucumbir ante el reclamo de doce millones de voces que solo quiere cambiar los matices del cielo que ahora no anuncia amaneceres.


