Crees que los últimos serán los primeros algún día?

Cuando tenía entre 10 y 13 años, la Argentina estaba representada en el automovilismo internacional por muchos pilotos en diversas categorías, pero en la Formula 1 estaba el que había llegado más lejos en esos años. Carlos “Lole” Reutemann no solo había estado entre los mejores pilotos, sino que pasó por las... mostrar más Cuando tenía entre 10 y 13 años, la Argentina estaba representada en el automovilismo internacional por muchos pilotos en diversas categorías, pero en la Formula 1 estaba el que había llegado más lejos en esos años. Carlos “Lole” Reutemann no solo había estado entre los mejores pilotos, sino que pasó por las mejores escuderías teniendo siempre un gran protagonismo.

Esta introducción es para situarlos en la devoción que por ese entonces sentíamos por las carreras de F1, a tal punto que nos levantábamos los domingos a las 7 de la mañana y nos juntábamos todos los pibes, con facturas, café con leche, y una tele blanco y negro de algún padre que se apiadaba de nuestro fanatismo y nos recibía en su casa, para ver a Niki Lauda, Mario Andretti, y muchos buenos pilotos más, e hinchar por Argentina a través del Lole.

Claro que esto no terminaba ahí, por ese entonces la revista Corsa había sacado un librito con los dibujos de los circuitos en los que se disputaban los grandes premios, y habíamos dibujado en las veredas del barrio a todos ellos. Una fábrica de juguetes había lanzado las replicas de los F1 en plástico, y cada uno de nosotros tenía uno, al cual lo personalizaba pegándole calcomanías, o bien recortando marquillas de cigarrillos, o la misma revista para que el autito luzca como el real. La parte de preparación consistía en rellenarlo con masilla y quitar las ruedas delanteras, las que se reemplazaban con una cucharita que permitía “mejor tenida en pista” del auto.

Así un día se corría en Interlagos, que estaba dibujada en la esquina del almacén, al otro día en Buenos Aires, trazada con piedra y tiza frente a la casa abandonada, y otro día en Long Beach, que estaba en la puerta de mi casa, y que dibujarlo con pintura sintética me costó un sopapo de mi tío, pero me gané la admiración de toda la barra.

Disputando un gran premio con nuestros autos, cada pibe tiraba el suyo y luego el orden de volver a tirar comenzaba con el que había quedado primero. Marcelito no tenía un F1, sinó una lastimosa y despintada réplica (por llamarlo de alguna manera) de un Chevrolet 400.

Ya nos daba bronca que corriera con eso, pero como era el hermanito de Horacio le teníamos piedad y lo dejábamos participar. Ese día ya eran mayoría los que no querían que corra, porque ese auto horrible desprestigiaba el gran premio.

La cosa llegó a mayores cuando el desarrollo de la carrera se ralentaba mucho, los punteros habíamos doblado la esquina, Marcelito venía último y encima había que vigilarlo para que no se adelante. En un momento, este pibito tira su Chevrolet y … mientras iba andando.. se desarmó todo!

Fue un momento de desesperanza. Era la mejor muestra que en esta vida no hay justicia con los que tienen menos, que la suerte no ayuda a los más chicos ni a los desprotegidos…. el autito perdió todas sus ruedas al rodar y encima salieron disparadas una para cada punto cardinal, dejando varado a su carrocería a tres baldosas de donde había sido impulsado. Se hizo un silencio de lástima, casi diría de pésame por ese auto.

Sé que alguno iba a sugerir que lo rearme y tire de nuevo. pero Oscar se dio vuelta y con la peor cara de sacado que le he visto en mi vida a alguien, gritó:
“Sacá esta m…. de acáaaaaaaaaaaaa!”
y le pegó una patada al chevy que lo mandó a Rivadavia y Av La Plata.

Se suspendió la carrera. Es más, nunca más pudimos volver a correr. Nos doblamos de la risa cada vez que nos acordamos cómo voló ese autito.
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