Joaquín vuelve a casa?

Joaquín bajó por las escaleras, saltando de dos en dos los escalones. Esperaba no cruzarse con nadie. Abrió la puerta del auto mientras los vidrios se pintaban de rosa con el último sol de ese día , el que todavía otorgaba una tenue claridad. Querer- se dijo- qué sé yo qué quiero. Me salvó el gong. No... mostrar más Joaquín bajó por las escaleras, saltando de dos en dos los escalones.

Esperaba no cruzarse con nadie. Abrió la puerta del auto mientras los vidrios se pintaban de rosa con el último sol de ese día , el que todavía otorgaba una tenue claridad.

Querer- se dijo- qué sé yo qué quiero. Me salvó el gong. No hubiese podido decir tres cosas que deseara. Nunca sé qué quiero. A Laura le pregunto donde quiere ir el fin de semana porque a mí no se me ocurre nada. Yo sé qué tengo que hacer, no qué quiero hacer. Ni creo que se note demasiado. Siempre estoy haciendo cosas. Son las circunstancias las que me llevan, no yo.

Tiró el saco del traje en el asiento de atrás y abrió la guantera, de la que sacó un papel, doblado por la mitad, que había encontrado en el piso del auto y comenzó a leer:

PARA LOGRAR ARMONÍA HAY QUE QUERERSE

" No se celebraba .No se premiaba con lo mejor. La gente le decía que su casa era cálida, pero ella veía, particularmente en el dormitorio, que se notaba esa cuota de falta de amor por sí misma.
Cuando volvía de lo de Emma llegaba con fuerzas para motorizar cambios, suavizar su impronta de carencia y severidad. El proceso se le instalaba por ósmosis, en un intento de emulación que le duraba un tiempo. Pero finalmente, la falta de proyecto y de auténtica valoración por los objetos, de búsqueda estética como primera instancia, le hacían abandonar el propósito y pronto olvidaba.

Volvía entonces a esa miserable costumbre de atesorar las bolsas bonitas de plástico o cartón que recibía con las compras en las boutiques, instalando “guardaderos transitorios” de papeles que no podía perder de ningún modo. Estaban desordenados, pero seguros. Al tiempo las bolsas se acumulaban en algún rincón, perdiendo su compostura.

El tema pasó a convertirse en una preocupación fija. Pensó que se trataba simplemente de la clasificación de las cosas; sobre todo de la angustia anterior a la creación de una categoría clasificatoria. Lo que no podía hacer era darle importancia a algunos papeles y decir adiós a otros. En todo caso, lo hacía a un ritmo mucho más lento que el de la acumulación de nuevas hojas escritas, boletas, cartas y sobre todo diarios, con algún artículo interesante que no quería perder.

El acto de clasificar la sumía en una intensa inquietud de la que quería prontamente escapar.
Clasificar era definir y dejar afuera otra perspectiva. Si lograba hacerlo, llegar hasta las carpetas rotuladas con un lápiz negro de fibra, el alivio era enorme. En general necesitaba contar con otra persona. Se prometió buscar ayuda. ¿Eso era todo?. Realmente se ahogaba en un vaso de agua. Todo el mundo tenía áreas de problema, el suyo era éste. Evitó profundizar sobre el significado del impedimento. No quería que esa confusión de fondo se extendiera.

Sabía que, en principio, transportaría las bolsas más nuevas, las que aún no habían perdido la compostura, hacia otro lugar de la casa. Eliminaría las rotas, pasando el contenido “de un saque” a otra entera; si era linda mejor. El sector liberado adquiriría entonces un aire de escenografía, cálido y despojado al mismo tiempo, eso le gustaba.

Todos sus muebles eran ligeros, transportables, plegables. Carecía casi de ellos, pues siempre había odiado que los muebles sobrevivieran a las personas y estuvieran para siempre. Alguna vez pensó que ese asunto tenía que ver con la idea de la provisoriedad de la existencia. Quizás quería expresar eso. Al fin era como su padre, que compraba en las casas de remates juegos enteros de cubiertos inservibles y le decía a su madre, que se quejaba: “provisorio, es sólo provisorio”. Los provisorios terminaban siendo eternos. Porque, a su vez, en franca contradicción, amaba que los muebles tuvieran historia.
En realidad, no le disgustaban para nada, justamente porque eran escasos, livianos y poco pretenciosos. No imponían presencia, eran ascéticos como las sillas del Escorial, pero era cierto que el conjunto era agradable, cálido. Nada confortable, justamente, faltaría siempre el sillón que nunca compraba, en el que uno podría hundirse y quedar atrapado en el ocio eternamente. Sus muebles tenían un sentido y una utilidad específicas y no eran desechables porque sí, ni reemplazables - sin dolor- por uno nuevo.
Pensaba estupideces, qué importancia tenía que las bolsas se multiplicaran. ¿Qué importaba si se perdían todos los papeles?. Ninguna. Había que hacer lugar y tirar: tirar años y años estelares de mordientes recuerdos que sólo servían como mojones de un tiempo que a nadie importaba. Era como cortarse un brazo: Las postales de Belgrado y de París, los pasajes viejos, las fotos, las notas en los diarios, ya amarillentas e inútiles. Cajas de testimonios de un pasado pretérito que no importaba ni siquiera a ella misma.
El presente era ya el futuro. Ni siquiera era necesario proyectar nada. Sólo debía vivir en el presente y para el presente. Nada más. Era lo único posible. Pero un pre
Actualizar: Pero un presente que iría descomponiéndose como una máscara de cera que se derrite. Además, quién puede negar que aún viviendo sólo el hoy se presentan los fantasmas y las pesadillas del futuro temido…entonces ¿qué? Conmovdo, Joaquín volvió a doblar el papel. Así que hace años vivia con una desconocida.... mostrar más Pero un presente que iría descomponiéndose como una máscara de cera que se derrite. Además, quién puede negar que aún viviendo sólo el hoy se presentan los fantasmas y las pesadillas del futuro temido…entonces ¿qué?

Conmovdo, Joaquín volvió a doblar el papel. Así que hace años vivia con una desconocida. Debajo de la imposibilidad de ordenar había todo esto. ¿Por qué tanto miedo?

--¡ Y sí, sí Laura, hay que tirar!--dijo en voz alta.

--Hay que tirar, tirar, y hacer lugar, como dijo la señora sueca de los almohadones como caramelos y las cortinas con puntillas, donde tomamos el té :
"Para que entre algo nuevo hay que tirar algo viejo".

Tiramos las bolsas enteras pero al psicoanalista no lo tiramos, es gomía de Lilas P, tampoco la pavada!!!
Nota : se incluye fragmento de "Gracias por el cine" de L. P
Actualizar 2: Gracias Rosy, buena suerte a vos también!!
Actualizar 3: Gato, Resendiz, gracias por sus amables conceptos.
Actualizar 4: Nota; estoy utilizando un fragmento de otro cuento mío porque éste será reescrito.
Actualizar 5: Dragón, brillante y motivador. De un saque, escribí el cuarto relato. Gracias por responder.
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