¿Cómo se puede entrar a un monasterio? Primera parte.?

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Hice aquel viaje molesta, tratando de adivinar que podría suceder si yo decidiese retroceder y regresar a Laredo. Pero aquello estaba ya descartado, por otro lado la conciencia decía que me había portado como él conmigo, es decir bastante mal.
En mi recuerdo llevaba a aquellos dos ancianitos tan entrañables, divertidos y además muy actuales, que sabían a pesar de la edad adaptarse a los tiempos y vivir como si fueran un matrimonio eternamente jóvenes.
Se me escapó una lágrima rememorando, cuando ella fue a buscar a la gatita persa para que se despidiese de mi y mientras yo la sujetaba entró al invernadero y salió de él, con dos ramos enormes de flores que previamente había preparado, uno de calas y otro de hortensias, sabía que eran las flores favoritas de ambas.
El anciano había estrenado la pipa, todo un detalle de educación ante mi, no despreciar un regalo. Aquello confirmaba más la excelente clase que portaban, con aquellos modales, cultura y lo más bello de todo, su sencillez.
Laredo se iba quedando atrás me dirigía hacia Vizcaya, me quedaban aún varios kilómetros para encontrarme con aquellos compañeros y compañeras que me esperaban.
Aquella parte del país me recordaba aquella canción tan triste “ Maitia nun zira”, que decía traducida “ amada donde estás”. Bella canción que alcanzaba agudos muy altos y en donde un buen registro, podría lucir su voz.
Mis piernas llevaban las heridas que me había hecho con la roca de mar, tantos intentos de subir a ella, como tantas veces las olas me alejaban. Pero pensaba, que aquellas rayas finitas en mi piel, no dejarían cicatrices y que en unos días desaparecerían.
Parte de la espalda mostraba los signos del tiempo que permanecía sin poder moverme, jugando con el cangrejo. La piel comenzaba a reventarse y debajo otra piel más blanca comenzaba a aparecer. Todo se iría curando al paso de los días, todo, menos olvidarle a él…
Me prometí a mi misma que jamás volvería a tener una cita con alguien que hubiese conocido a través de Internet, ya era dueña de la experiencia y podría manejar a mi antojo cualquier situación, siempre con la lucecita de aviso, precaución …no sigas.
Todos estos pensamientos me abordaban mientras comía un plato combinado en aquella cafetería, tampoco tenía mucha hambre…tampoco tenía ganas de nada.
Mi cabeza intentaba ir asimilando todo lo vivido, los momentos de furia, los de risa, los de agotamiento en el mar y los de la tristeza que empezaba a embargarme, pensando que hubiéramos disfrutado de un par de días muy felices en aquella hermosa villa. Había tanto que ver, tantos lugares hermosos para visitar junto a él, y me había quedado sin ver nada.
Lo único que me llevaba de allí, eran las flores y aquel vestido que me había comprado con las siluetas de las aves, en el celeste de la tela. Aves que me recordaban a las gaviotas que en vuelo rasante me molestaban. Tal vez esto era lo que me llevaba ¿ y lo que dejaba? …al paso de los días, supe que había dejado mi corazón en aquella villa.
Me propuse no molestarle para nada, hacer un digamos “paréntesis”, pero no porque yo esperase algo de él, si no porque así podría olvidarle. Era cuestión de mentalización (me dije). Pero que equivocada estaba, hay cosas que no se resuelven con órdenes determinadas y decirme a mi misma, olvídale ya, era atentar contra mi, porque no podía y lo más triste es que no quería olvidarle.
Él no se ponía en contacto conmigo, era como si la tierra se lo hubiera tragado. Si, es cierto que decir que uno se va de viaje, puede ser el equivalente a desconectarse un poco de todo y tal vez, no se había ausentado ni de la región y estuviera bastante cercano.
Me hubiese sido fácil enviarle un correo e interesarme, dándole también las gracias por haber pagado la cuenta de mi hotel, pero parecía que muchas manos sujetaban a las mías y no me dejaban hacerlo.
Cierto es también, que el tiempo pone a cada uno en su sitio y mi balanza ya se había equilibrado haciendo que todo lo que pareciera malo se quedase en el aire alejándose rápidamente, mientras que lo bueno ocupaba un lugar preferente.
Aquellos vestidos que él había visto, no volví jamás a ponerlos, aquel celeste, el cual había atrapado con él mi cintura, lo sacaba del armario de cuando en cuando y lo acariciaba. La tela era suave y me hacía recordar aquellos momentos y me preguntaba como hubiese sido aquel beso que por tres veces intentó darme.
Algunos días estaba contenta, otros… era otro día más que pasaba con aquel recuerdo de la villa.
Mi vida transcurría con mis ocupaciones y los cortos viajes que a menudo hacía. La actividad que realizaba se convertía en mi aliciente, porque en aquel momento no había nada más, ni nadie que me interesara más que él.
¿ Pero dónde estaba?
Cont. sig.preg.
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