¿que te parece mi escrito?

Los pájaros no gorjean. El sol no se refleja sobre el suelo, amarillento, fugitivo, arrogante… no. Levanto los ojos del suelo y me encuentro con un círculo perfecto, blanco, claro, vistoso. La calle está en penumbra, lo que permite que la luna junto con las pequeñas farolas y demás luces se vean reflejadas... mostrar más Los pájaros no gorjean.
El sol no se refleja sobre el suelo, amarillento, fugitivo, arrogante… no.
Levanto los ojos del suelo y me encuentro con un círculo perfecto, blanco, claro, vistoso. La calle está en penumbra, lo que permite que la luna junto con las pequeñas farolas y demás luces se vean reflejadas sobre las paredes esparcidas, tan llanas como una carretera ancha y lejana. Bajo la mirada, de nuevo, y vuelvo a contemplar el agua pasar por el río. Justo en este instante cierro los ojos con lentitud, sin dañarme tanto y me paso las manos sobre el rostro, escondiéndolo todo, tapando la vista hacia cualquier espacio inédito. Siento como mi cabello empieza a verse invadido por el viento, el viento por su parte se mueve con violencia y escucho desde los lejos a la brisa susurrar, lo hace de manera escandalosa, ya que, al momento recurro a mis manos, las cuales impiden el sonido de este molesto ruido.

Aún así un chirriante sonido entra por mi oído, el cual no hace nada por evitarlo, por lo que me resigno a escucharlo. Poco a poco, muy poco a poco, voy apartando mis manos de los oídos y al mismo tiempo mis ojos se abren al unísono. Siempre me gustó esta pose, porque aunque parezca algo absurdo me siento protegida por mis manos, manos las cuales me sirven mucho.
¿Podría vivir sin ellas? No, seguro que sería imposible, por lo que ahora más que nunca las aprecio más de lo que los demás hacen. El sonido proviene de lejos, demasiado, pero aún así ese eco fugaz se convierte en un regular tic tac que no hace más que ascender a un ritmo sofocante. Me doy cuenta de que mantengo los ojos al descubierto, impregnados en esa agua que parece no estar, me inclino por escasos centímetros, pero ello tampoco deja ver mucho más que una capa negra sobre los hombros de alguien.
El eco se va acercando.
El aire está esponjoso, carga con un toque de dulzura y sinsabor que lo caracteriza en profundo, puedo oler el aroma una y otra vez, desde que mi estructura se mantuvo en ese espacio llamado banco.
El eco se hace más visible
Por mi sexto sentido puedo evocar una larga sinfonía sin tener que presentarse, puedo ver marcado en la oscuridad un lienzo perfecto, abstracto y descolorido, como muerto.
El eco está a cinco metros.
Al otro lado de la calle un foco de luz aterriza y marca el agua, el agua aunque no lo haya podido ver está allí, puedo tocarlo, está tan fría y suave que me aterra sentirla tras mi piel por el miedo de dejarse arrastrar por mis poros.
El eco está sentado a mi lado.

Me giro levemente, no hace falta, puedo sentir sus dedos tocar mi cuello, está siguiendo una ruta que podría significar hasta lo imposible. Lo veo. Por fin en mi iris se ve marcada toda su faz, sus ojos castaños, su cabello oscuro, un retrato tan enigmático que podría desencadenarlo, de ser posible, a través del tacto.
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